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Según expertos en nutrición, la ingesta energética de las tres tomas principales del día debe repartirse de la siguiente manera, en el desayuno, el veinte hasta el veinte cinco por ciento del total; en la comida, el treinta y cinco hasta el cuarenta por ciento y en la cena, 25-30%. Pero este no es, precisamente el reparto que hacemos.
Datos recientes sobre hábitos de alimentación confirman que, al igual que el desayuno, para muchas personas la cena queda relegada a un segundo plano. En las cenas, es habitual recurrir a un tentempié rápido (embutidos, queso, leche con galletas) o a platos precocinados (pizza, croquetas, empanadillas, salchichas, etc.), alimentos que ahorran tiempo en la cocina pero que no aportan el mejor perfil nutritivo.
Un método eficaz que ayuda a una alimentación, equilibrada y variada es confeccionar un menú semanal de comidas y cenas, en el que se contemplen alimentos de los grupos básicos según la frecuencia recomendada. Para elegir los alimentos, que se van a tomar a la noche, se han de tener en cuenta los consumidos a lo largo del día, para tratar de equilibrar y no repetir.
Del mismo modo que podemos aprovechar el postre para equilibrar la comida, podemos tratar de hacer lo propio con la cena para acabar el día con un aporte adecuado de nutrientes. Si bien la cena no puede compensar siempre los descuidos o excesos en la composición de los menús del resto de la jornada, debemos ir habituándonos a que esta última toma de alimentos se convierta en el complemento perfecto a lo ingerido durante el día.
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